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Zezé va conmigo

De todos los libros que he leído hay uno que me ha robado una lágrima y partido el corazón, Mi planta de naranja lima, del brasileño José Mauro de Vasconcelos. El otro día una suscriptora me lo pidió por correo electrónico para llevárselo a su casa; me alegré profundamente porque estaba seguro que sentiría lo mismo que yo cuando lo leí por primera vez, allá por los años noventa cuando vivía en Lima.

He guardado el libro en la mochila; es una edición original y bella como todos los libros nuevos que nacen perfumados y listos para ser leídos y devorados con los ojos. La vivienda de la suscriptora se encuentra en la bajada de la Nissan, en esa intersección de calles que se unen con la avenida Centenario. Me lo ha pedido muy emocionada, por eso quiero llevarla acompañado de Bryan, un voluntario que todos los viernes reparte libros a nuestros vecinos lectores.

Para salir a la calle en estos días de pandemia me coloco doble mascarilla, una quirúrgica y otra de tres capas que mandé a confeccionar y tiene estampados los dos logos de los proyectos ganadores por el Ministerio de Cultura: “El Mundo de los Cronopios” y “Leer te salvará la vida”. Luego, encima de las mascarillas, un protector facial; también una gorra que me protege del sol y que me gusta mucho usarla; siempre cargo un dispensador de alcohol en los bolsillos. Estoy completamente listo. Llevo la mochila a la espalda, tomo la bicicleta en mis manos y me subo en ella; cierro la puerta de nuestra Casa del Libro y la Lectura, y nos vamos. Bryan viene a mi lado sobre la otra bicicleta, siguiendo atentamente el recorrido. Avanzamos por las calles llevando a Zezé con las travesuras y sinsabores que le ha dado la vida, estamos seguros de que otro lector quedará enamorado de su historia y otro la volverá a pedir, haciendo una cadena de personas enamoradas de la ternura de uno de los personajes más queridos de la literatura universal.

La edición que leí de Mi planta naranja lima fue pirata, decía vigésima cuarta edición y estaba impresa en papel periódico. Recuerdo muy bien haber visto a muchas personas llevarla consigo o leerla mientras viajaba en el bus; siempre me preguntaba qué tendría ese libro que tanta gente lo leía. Una tarde, cuando salía de mis cursos de oratoria en el Museo de Arte de Lima, compré el libro a unos pocos soles. Luego de eso no me quedó otra cosa que internarme en mi cuarto y leerlo, robándole tiempo a mis estudios de periodismo que cursaba por esos años.

Estamos cerca de la casa de nuestra amiga lectora; viene a ser la tercera suscriptora que nos pide un libro, tenemos cien libros en nuestro catálogo listos para ser leídos; nos alegra llevar obras a domicilio y nos sentimos contentos de aportar con un granito de arena en incrementar el bagaje de conocimiento de las personas.  

Hemos llegado. Me detengo con la bicicleta, de igual manera Bryan. Acabo de escribir al WhatsApp de la suscriptora, esperamos a que salga, queremos presentarle a Zezé y que se quedé con él por un tiempo, que conozca sus travesuras, su dolor y sus sueños; tal vez derrame unas lágrimas como las que yo derramé aquellos años en que me internaba bajo el cielo panza de burro de Lima, leía libros y escribía sin pensar en publicar, solo por las ganas de soñar.