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Habemus presidente

Por fin, cómo ocurre con la elección del Papa, la proclamación del nuevo presidente del Perú se dio tras muchas idas y venidas. Podría decirse que Pedro Castillo no solo se impuso tanto en primera como en segunda vuelta, sino especialmente doblegó a su oponente en la «Tercera Vuelta» (con impugnaciones y apelaciones que le interpusieron).

Como decía el legendario Atahualpa «Usos de la guerra es vencer o ser vencido» y en política, futbol y la guerra hay que saber ganar y hay que saber perder. La primera etapa del que hacer del maestro presidente se ha cumplido: ha conquistado el poder. Ahora le viene lo más difícil: gobernar bien.

Castillo Terrones tiene muchos retos por cumplir: desde su oferta electoral para reivindicar a los sectores más marginados de la sociedad como buscar la unificación del otro Perú que se manifestó en su contra durante la segunda vuelta.

Partiendo por lo primero nadie puede cerrar los ojos a la demanda ciudadana que se ha venido acuñando desde hace muchos años y que lamentablemente ha venido siendo también soslayado por los gobernantes de turno. Hay que recordar que Alejandro Toledo ganó con muchas ofertas que lindan a las promesas de izquierda, el propio Alan García llegó al poder con la pegajosa oferta de «eliminar las services» «eliminar la renta básica»; Ollanta Humala, prometiendo la rebaja del gas a 12 soles, o Pedro Pablo Kuczinsky vendiéndose como el gran tecnócrata que iba a hacer que el chorreo también el gran tecnócrata, sin embargo sucumbió en el intento por la fragilidad de respaldo con el que fue elegido, sucediéndole en el cargo Martín Vizcarra, Manuel Merino (por tres días) y finalmente Francisco Sagasti.

Tras la disolución del Congreso que propició Vizcarra, el nacimiento del nuevo Congreso no fue lo que se esperaba, terminó siendo vacado -acaso con una lección- por no tener bancada propia. La agenda social desatendida se ha mantenido latente, no en vano en los comicios del 2020 el electorado votó por Unión Por el Perú y el FREPAP, un indicador que se estaba buscando una válvula de escape frente al «más de lo mismo» y a la falta de tacto de la derecha y el centro peruano en sintonizar con la demanda de las grandes mayorías.

Pedro Castillo captó la demanda y fue más empático con las demandas populares superando, incluso, a Verónika Mendoza quien se pintaba como favorita en los predios del progresismo. Ahora le toca honrar las promesas que lanzó en los mítines, para ello tendrá que ser diestro en las movidas políticas, saber concertar y buscar consensos antes que disensos.

El ya sabe hasta el cansancio, que el estilo de Keiko Fujimori es el de la confrontación. Nunca asimiló sus derrotas con Humala, PPK, ni -por lo que se ve- lo asimila ahora; entonces tendrá que hilar fino para que el 50% que está en su contra baje sus tensiones y comience a confiar, de otro modo el país será ingobernable.

¿Cuál es el camino? Un gobierno que se forje en el norte de una centro izquierda moderna y no trasnochada, que corrija los excesos que la derecha nunca fue capaz de reconocer como es soslayar la ineludible agenda social promoviendo y no espantando las inversiones, pero además de tener un Estado fuerte que corrija las distorsiones del mercado.

A los gallos, a los toros y a los jugadores se les evalúa y ve en la cancha. He allí el reto del reto del nuevo mandatario del Bicentenario.

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