La decisión final se acerca y, sin embargo, el país aún duda. En esta recta decisiva, el electorado enfrenta una oferta saturada, desordenada y, en muchos casos, poco convincente.
La llamada “macro cédula” no es solo un problema de diseño: es el reflejo de un sistema fragmentado que ha terminado por agotar al votante. Entre decenas de candidaturas, el ciudadano oscila entre la resignación y el escepticismo, mientras se repite un patrón conocido: rostros de siempre apelando al populismo y figuras improvisadas que intentan posicionarse a última hora.
A este escenario se suma el ruido digital. Las redes sociales han convertido la campaña en un terreno de encuestas a la carta, favoritos de ocasión y tendencias infladas por algoritmos. Pero ese espejismo empieza a enfrentarse a su primer filtro real: los debates presidenciales oficiales organizados por el Jurado Nacional de Elecciones.
Es en este espacio donde las candidaturas deben sostenerse con argumentos y no con apariencias. Bajo la presión del tiempo real, las propuestas se ponen a prueba, los vacíos se evidencian y el país tiene, finalmente, la posibilidad de comparar con mayor claridad. El debate no es solo televisión: es el momento en que la política deja de ser espectáculo y empieza a ser decisión.
Debemos entender, además, que en estas elecciones no está en juego únicamente la presidencia. La fórmula presidencial arrastra la configuración del Congreso, y ahí reside uno de los mayores riesgos. Un Senado mal conformado puede convertirse en un nuevo foco de bloqueo institucional, mientras que una Cámara de Diputados fragmentada perpetuaría la inestabilidad que ha marcado los últimos años.
En Áncash, esta dinámica no es ajena. La experiencia reciente demuestra que el voto parlamentario suele quedar condicionado por el arrastre presidencial. Elegir sin evaluar trayectorias ni capacidades ha terminado dejándonos representantes ausentes, desconectados de las urgencias regionales y más atentos a la coyuntura política que a las necesidades del territorio.
Hoy, quienes buscan representar a la región deben responder con claridad. No bastan promesas generales ni discursos repetidos. Áncash necesita propuestas concretas frente a problemas reales: inseguridad, empleo, conectividad, infraestructura y gestión de recursos. El voto no puede volver a ser un acto automático.
En este contexto, el riesgo del candidato improvisado vuelve a tomar fuerza. Figuras construidas en semanas, impulsadas por el ruido o el descontento, pueden terminar arrastrando listas enteras de desconocidos al Congreso. El voto apurado, cansado o desinformado no es neutral: es una decisión que el país paga durante cinco años.
Ante este escenario, el rol de los medios es determinante. No podemos amplificar el ruido ni replicar la superficialidad. Nuestra tarea es ofrecer información útil, contrastar propuestas y exponer con claridad las capacidades de quienes aspiran a gobernar. Informar bien también es una forma de responsabilidad democrática.
El país está, finalmente, ante su momento decisivo. Estos días no son un trámite electoral: son la última oportunidad para pasar de la incertidumbre a la decisión informada.
Áncash no puede equivocarse otra vez.

