A pocos días de la votación del 12 de abril, el Perú vuelve a entrar en ese terreno conocido donde la incertidumbre pesa más que la decisión. No hay claridad, hay ruido. No hay convicción, hay cansancio. Y en ese escenario, el voto corre el riesgo de convertirse en una apuesta.
La saturación de encuestas, amplificadas por redes sociales y replicadas sin mayor contraste, ha construido un mapa electoral donde todos parecen tener opciones. Entre favoritos de ocasión, outsiders reciclados y la consigna repetida de votar “por cualquiera menos por los mismos”, el país navega en una lógica peligrosa: decidir por descarte, no por convicción.
Pero la historia reciente ya nos ha mostrado el costo de ese impulso. El voto antisistema, que en su momento canalizó el descontento, hoy tiene varios de sus principales referentes enfrentando procesos judiciales o cumpliendo condenas. La frustración no desapareció: se transformó en desconfianza.
En este contexto, los debates organizados por el Jurado Nacional de Elecciones estaban llamados a ordenar el escenario. No lo han hecho. Más que aclarar, han evidenciado el problema: formatos rígidos, tiempos insuficientes y un número excesivo de candidatos que impide un contraste real de propuestas. Lo que debía ser un espacio de definición terminó siendo, en muchos casos, un ejercicio de frases rápidas y protagonismo disperso.
Queda aún una última oportunidad en los encuentros programados en los próximos días. Pero el desafío es mayor: no basta con hablar, hay que convencer. No basta con aparecer, hay que sostener.
La oferta electoral es tan amplia como desigual. Conviven candidatos con experiencia en gestión pública, figuras que buscan capitalizar su popularidad y postulantes que parecen apostar a que el azar les haga un lugar en la contienda. En ese contexto, el voto sin información no es una decisión: es una apuesta.
Pero el problema no termina en la presidencia. El retorno a la bicameralidad introduce una complejidad que aún no ha sido suficientemente explicada. Superar la valla electoral será determinante: para el Senado, se requiere el 5% de los votos válidos a nivel nacional o al menos 3 escaños; para la Cámara de Diputados, el mismo umbral o un mínimo de 7 representantes.
Esto abre un escenario probable: un Congreso fragmentado, sin mayorías claras y con dificultades para sostener la gobernabilidad.
En Áncash, esta situación debe leerse con especial atención. Los cinco escaños en disputa para la Cámara de Diputados no se asignarán solo por votación regional, sino entre las listas que logren superar el filtro nacional mediante el método D’Hondt. Esto significa que muchas de las encuestas locales que hoy generan triunfalismos pueden terminar siendo simples espejismos.
Aquí, la lógica política debería cambiar: menos confrontación interna y más estrategia colectiva. Sin superar la valla, no hay representación.
El país está, una vez más, frente a una decisión compleja. Pero esta vez el margen de error es menor. Elegir sin entender ya no es una opción inocente: es repetir un patrón que ha debilitado la institucionalidad y prolongado la inestabilidad.
Frente a este escenario, el rol de los medios es clave. No estamos para amplificar la confusión, sino para reducirla. Informar, contrastar y explicar no es solo una tarea periodística: es una responsabilidad democrática.
El Perú no necesita más ruido. Necesita claridad.
Porque en este laberinto electoral, la confusión también vota.
Y cuando eso ocurre, el resultado rara vez es el mejor.

