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Editorial | La incertidumbre termina con evidencia, no con ruido

El próximo 7 de mayo no será un día cualquiera. Es la fecha límite prevista en el cronograma electoral para la presentación de los resultados del recuento de actas observadas. Si el proceso concluye dentro de ese plazo, ese día marcará el cierre de la incertidumbre, al contar finalmente con cifras consolidadas y verificadas que definan con claridad quiénes disputarán la segunda vuelta y cómo se configura el nuevo mapa del poder.

Todo ello, naturalmente, condicionado a que el recuento culmine dentro de los plazos previstos, sin nuevas incidencias que obliguen a extender el proceso. En procesos como este, la fecha orienta, pero el resultado lo define el cierre técnico.

Pero hay algo que no debería perderse de vista: este resultado no se está construyendo en redes sociales, ni en conferencias de prensa, ni en interpretaciones apresuradas. Se está construyendo en actas.

El recuento de votos no es una concesión ni un retroceso. Es parte del sistema. Es el mecanismo que permite despejar dudas con evidencia y no con sospechas. Y en un contexto donde se han instalado narrativas de fraude sin sustento técnico, vale decirlo sin rodeos: la democracia no se defiende con insinuaciones, se defiende con pruebas.

Eso no significa que el proceso haya sido perfecto. Los errores logísticos deben investigarse y sancionarse. Pero una cosa es corregir fallas, y otra muy distinta es poner en duda todo el proceso sin evidencia. Esa línea no debería cruzarse.

Mientras tanto, la política hace lo suyo. Figuras que no lograron pasar a la segunda vuelta empiezan a marcar distancia o a dejar abiertas sus posiciones. Carlos Álvarez, Jorge Nieto y Ricardo Belmont se mantienen en un compás de espera, mientras el escenario entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez se perfila —aún sin confirmación oficial— como el más probable.

La pregunta es inevitable: ¿pesarán esos respaldos en el electorado o terminarán siendo gestos sin impacto real? La historia reciente muestra que el votante peruano no siempre sigue a sus líderes, y que los llamados “endosos” tienen un alcance limitado cuando la decisión se toma desde la desconfianza o el hartazgo.

En paralelo, el tablero legislativo sigue moviéndose. Y ahí es donde la elección muestra su lado más crudo: la distancia entre lo que se percibe y lo que realmente se vota.

En Áncash, esto se siente con fuerza. Con cientos de actas aún en revisión, hay candidaturas que pasaron de la celebración anticipada a la incertidumbre total. Y otras, con menor exposición, que hoy están a punto de asegurar un escaño.

Una vez más, se confirma una regla simple:
en el Perú, nada está definido hasta que se cuenta la última acta.

Por eso, este no es momento para apresurarse. Ni para instalar verdades a medias. Ni para empujar narrativas que no se sostienen en evidencia.

Es momento de algo mucho más simple —y más difícil—:
esperar.

Esperar que el recuento concluya.
Esperar que las cifras se consoliden.
Esperar que el resultado sea oficial.

Porque al final, la incertidumbre no se resuelve con ruido.

Se resuelve con evidencia.

Y en democracia, el resultado no se impone:
se comprueba.

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