La desglaciación se ha convertido en una de las mayores amenazas ambientales del Perú, especialmente en Áncash, donde se ubica la Cordillera Blanca. Según el Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña (INAIGEM), el país ha perdido más del 56 % de su cobertura glaciar en las últimas seis décadas y podría perder hasta el 80 % hacia finales de siglo debido al calentamiento global.
La pérdida glaciar representa una amenaza directa para la seguridad hídrica, ambiental y social de Áncash. Los glaciares funcionan como reservas naturales de agua dulce que abastecen ríos, ciudades y cultivos durante las temporadas secas. Sin embargo, su acelerada desaparición está generando riesgos cada vez más graves.
De acuerdo con el INAIGEM (2023), el derretimiento glaciar ha originado nuevas lagunas capaces de provocar desbordes violentos conocidos como Glacial Lake Outburst Floods (GLOF), considerados peligros significativos para las poblaciones asentadas aguas abajo.
Asimismo, el drenaje ácido de roca —fenómeno que ocurre cuando las rocas antes cubiertas por hielo quedan expuestas al aire y al agua— libera metales pesados como arsénico, hierro y plomo que contaminan las fuentes hídricas, afectando ecosistemas, actividades agrícolas y la salud de la población.
Uno de los casos más preocupantes es el del glaciar Yanamarey, ubicado en la provincia de Recuay, que ha perdido más del 80 % de su superficie original, pasando de 1.12 km² en 1972 a solo 0.22 km² en 2020. Estos datos evidencian que la crisis climática ya no es una amenaza futura, sino una realidad visible en la región.
Frente a esta problemática, la Universidad Nacional Santiago Antúnez de Mayolo (UNASAM) desarrolla investigaciones y monitoreos ambientales para comprender los efectos de la desglaciación. Durante el 2024, investigadores del Centro de Investigación en Ciencias del Ambiente, Tierra y Tecnología (ESAT) realizaron trabajos de campo en la quebrada de Shallap, donde efectuaron mediciones de vegetación, recolección de muestras de suelo y monitoreo mediante drones para analizar cómo la pérdida glaciar modifica la biodiversidad y los ecosistemas de montaña.
La participación de investigadores vinculados a la universidad en espacios internacionales también refleja el alcance de estos aportes científicos. Es el caso de Kiara Aguirre Falcón, egresada de la UNASAM y miembro del grupo de investigación CyTA, quien participó en el lanzamiento del Año Internacional de la Preservación de los Glaciares 2025 en Ginebra. Su exposición estuvo centrada en investigaciones sobre soluciones basadas en la naturaleza para tratar aguas contaminadas por drenajes ácidos de roca derivados del retroceso glaciar en la Cordillera Blanca.
Además, la universidad ha fortalecido su capacidad científica mediante la modernización de su Laboratorio de Calidad Ambiental. La incorporación de equipos especializados permitirá detectar metales pesados y monitorear la calidad del agua, aire y suelo con mayor precisión. Este avance resulta fundamental en una región donde la contaminación hídrica asociada a la desglaciación comienza a intensificarse.
Asimismo, la firma del convenio entre la UNASAM y el INAIGEM en el año 2021 evidencia la necesidad de articular esfuerzos científicos para desarrollar soluciones frente a los riesgos de origen glaciar y fortalecer la gestión ambiental en Áncash.
Finalmente, el retroceso glaciar amenaza tanto a los ecosistemas altoandinos como a miles de personas que dependen del agua proveniente de los glaciares. Frente a esta realidad, las investigaciones y monitoreos ambientales deben traducirse en acciones concretas y sostenibles. Resulta urgente que autoridades, universidades y ciudadanía trabajen conjuntamente para enfrentar los efectos de la desglaciación y proteger los recursos hídricos de la región.
Por Pilar Chávez Lucero
Estudiante del VIII ciclo de Ciencias de la Comunicación – UNASAM
Las opiniones expresadas en esta colaboración son responsabilidad de su autora y no necesariamente reflejan la línea editorial de Áncash Noticias.