Lo que muchos consideraban imposible terminó convirtiéndose en una realidad. En el centro poblado de Santa Casa, diez integrantes de una familia lograron consolidar el cultivo de rosas en plena Cordillera Negra, una zona donde la escasez de agua ha limitado históricamente la actividad agrícola. A través de la asociación EcoRosa, hoy abastecen el mercado local y buscan demostrar que este tipo de producción también puede prosperar en uno de los territorios más secos de Áncash.
La iniciativa nació hace dos años, cuando Dionicia Rodríguez conoció la experiencia de una productora de rosas bajo invernadero y decidió compartir la idea con su familia. La propuesta despertó entusiasmo, aunque también muchas dudas debido a la falta de agua. «Una amiga me dijo: ¿Por qué no siembras?. Llegué emocionada a mi casa, pero nos faltaba agua; con dudas hemos sembrado», recuerda la señora Dionicia de EcoRosa.
Los primeros meses fueron los más difíciles. La escasez del recurso hídrico, las plagas, las condiciones climáticas, la falta de experiencia y las limitaciones económicas pusieron en riesgo la continuidad del proyecto. Incluso hubo momentos en los que pensaron abandonar. «Ha habido momentos de flaqueza; sin embargo, la persistencia y la resiliencia hicieron que nuevamente emprendamos con fuerza. Abandonarlo era aceptar nuestra derrota», afirma Eder Córdova Rodríguez, presidente de la asociación.
Para enfrentar el principal obstáculo, la familia construyó un reservorio con capacidad para almacenar aproximadamente 70 mil litros de agua de lluvia recolectada desde los techos de los invernaderos. A ello sumaron asistencia técnica para mejorar el manejo del cultivo y optimizar el riego, una estrategia que les permitió sostener la producción en una zona donde el agua sigue siendo el recurso más escaso.
El proyecto también transformó la forma de trabajar la tierra. La familia dejó atrás los cultivos tradicionales de papa y maíz, que solo generaban ingresos durante una parte del año, para dedicarse a una actividad que les permite cosechar de manera permanente. «Antes solamente se sembraba una vez al año; ahora seguimos cosechando rosas durante todo el año», explica Alex Córdova Rodríguez, uno de los socios de EcoRosa.
Más allá de producir flores, la asociación busca demostrar que sí es posible emprender en la Cordillera Negra pese a las dificultades. «El mayor reto para nosotros es demostrar a nuestros hermanos campesinos que con perseverancia y decisión sí se puede», sostiene Eder Córdova. Para él, EcoRosa representa «un oasis dentro de un desierto», porque ha logrado instalar un centro de producción donde el recurso hídrico es escaso.
La asociación está integrada por diez miembros de una misma familia, comercializa sus rosas en Huaraz y realiza envíos a otros mercados. Para finales de 2026 proyecta colocar más de 9 600 paquetes de 24 rosas y ampliar sus invernaderos, con la expectativa de seguir creciendo sin perder de vista el desafío que marcó el inicio de esta historia y demostrar que, incluso donde el agua escasea, es posible hacer florecer nuevas oportunidades

