Áncash ya entró en campaña. Las pintas se multiplican, las caravanas comienzan a tomar las calles y las redes sociales se llenan de fotografías, videos y mensajes cuidadosamente producidos. Lo que todavía no aparece con la misma intensidad son las soluciones.
El pasado 19 de junio venció el plazo para solicitar la inscripción de candidaturas a las elecciones regionales y municipales. Sin embargo, una parte importante de las listas continúa bajo revisión, observada o declarada inadmisible. Los Jurados Electorales Especiales tendrán hasta el 5 de agosto para resolver esta primera etapa y, posteriormente, se abrirá el periodo de tachas, que podría extender la definición del escenario electoral hasta los primeros días de septiembre.
El resultado es una campaña comprimida. El ciudadano podría conocer la relación definitiva de candidatos cuando falte apenas un mes para acudir a las urnas. Pero esa estrechez del calendario no puede convertirse en excusa para la pobreza de ideas. Una candidatura puede estar pendiente de inscripción; una propuesta seria, no.
Mientras el proceso legal sigue su curso, varios aspirantes actúan como si la competencia ya estuviera plenamente definida. Han adelantado su despliegue, invertido recursos y saturado el espacio público mucho antes de asegurar su presencia en la cédula. Corren rápido, pero no necesariamente avanzan.
La experiencia de las últimas elecciones generales dejó una lección que debería ser tomada en cuenta. Grandes concentraciones, abundante publicidad y una presencia intensa en redes sociales proyectaron, en algunos casos, una fuerza política que luego no apareció en las urnas. Llenar una plaza, dominar el algoritmo o exhibir supuestas multitudes no equivale a conquistar la confianza ciudadana.
La campaña electoral es una carrera de fondo. Quienes consumen demasiado pronto sus recursos, su discurso y hasta la paciencia del votante corren el riesgo de llegar agotados al tramo decisivo. Pero el problema más grave no es el desgaste de los candidatos: es el desgaste de una ciudadanía expuesta durante meses a propaganda sin contenido.
En Áncash, donde las brechas territoriales y sociales exigen respuestas diferenciadas, resulta preocupante que buena parte de la conversación política siga reducida a frases hechas, saludos en mercados, enfrentamientos entre adversarios y coreografías pensadas para conseguir reproducciones antes que votos.
Hasta ahora, son escasas las propuestas articuladas sobre los problemas que realmente condicionan el futuro regional: inseguridad ciudadana, deterioro de las carreteras, acceso al agua, salud pública, empleo, gestión de riesgos, desarrollo productivo y conectividad entre la costa, la sierra y los Conchucos.
No basta con repetir que Áncash tiene potencial. Los candidatos deben explicar cómo lo convertirán en resultados. ¿Qué proyectos priorizarán? ¿Cómo los financiarán? ¿Qué pueden ejecutar realmente desde el Gobierno Regional o una municipalidad? ¿Qué metas asumirán y en qué plazos podrán ser fiscalizadas?
La campaña ya empezó, pero el debate de fondo todavía no.
En una sociedad donde buena parte del voto sigue definiéndose por emociones, simpatías y percepciones de último momento, la ausencia de propuestas deja el terreno libre al espectáculo. Cuando no existen ideas que comparar, termina imponiéndose quien grita más, aparece más o logra construir la imagen más convincente, aunque detrás de ella no exista un plan.
Por eso, la pausa que exige este momento no consiste en dejar de hacer campaña, sino en abandonar la improvisación. Los aspirantes todavía están a tiempo de ordenar sus equipos, estudiar el territorio y presentar una visión coherente de la región que pretenden gobernar.
El problema ya no es cuánto tiempo tendrán para pedir el voto. El verdadero problema es que, hasta ahora, muy pocos han demostrado tener algo importante que decir.
Áncash no necesita campañas más ruidosas. Necesita candidatos capaces de escuchar, explicar y ofrecer soluciones que puedan cumplirse.
Porque la publicidad puede instalar un nombre, pero solo una propuesta seria puede justificar el poder.

